IV. FILOSOFÍA
DE LA MENTE.
LA
FILOSOFÍA BUDISTA DE LA MENTE está diseñada
para entender o comprender cómo se forma la experiencia consciente (mental),
cómo funciona y cómo se puede mejorar mediante el entrenamiento mental. Entre
sus componentes centrales para entenderla, se distingue principalmente como
estamos conformados y características propias de la mente:
1.- La
teoría de los cinco agregados (skandhas) explica la constitución
dinámica de la experiencia personal. Estamos formados por cinco skandhas
(agregados): forma (cuerpo y fenómenos materiales), sensación, percepción,
formaciones mentales (intenciones, emociones, pensamientos, hábitos,
disposiciones mentales en general) y conciencia.
2.- La
transitoriedad de la conciencia, entendiendo los estados mentales como eventos
fugaces y condicionados. Este es el estado natural de los mismos.
3.- El
proceso de autoformación de la "identidad" el que se convierte en un proceso dinámico
y cambiante según las condiciones y el entorno, y no en algo fijo como lo percibimos; no hay una
esencia fija, pues no existe. Lo que es claro es que esta en constante cambio.
4.- La
capacidad de cambiar y mejorar los sentimientos perturbadores a través de la
meditación. Lo que confirma que la mente es flexible, moldeable.
Buda
nos enseña también que todos podemos despertar pues contamos con la naturaleza
de Buda (Bhuddha Dathu), que fue lo que le permitió a él (Sidharta) la Iluminación. Fuente
base: El trabajo de Barbara O´Brien – 08/2018. Se registra en el Pali Tipitika (Pabhassara Sutta, Anguttara Nikaya 1.49-52) - Thanissaro Bhikkhu.
“En
la escuela Yogācāra , particularmente con los maestros Asaṅga
y Vasubandhu , también hay profundizaciones e ideas fundamentales:
- La conciencia base (ālaya-vijñāna). Es un continuo de semillas o potencialidades kármicas (positivas y negativas) y de los hábitos mentales del ser. A menudo es llamada metafóricamente "conciencia almacén", ya que los almacena.
- El esquema cognitivo condicionado que organiza la
experiencia. En esta tradición, la experiencia del mundo siempre está
facilitada por estructuras cognitivas, hábitos mentales y disposiciones
kármicas.
- Una visión dinámica o cambiante de la mente, que es un flujo continuo de procesos condicionados y en constante transformación”. Fuente: Stanford Encyclopedia of, “Yogācāra”, secciones sobre psicología filosófica y ālayavijñāna.
La filosofía mental permite comprender la naturaleza de la mente, la
conciencia y los procesos mentales, así como la forma en que los pensamientos, emociones
y percepciones condicionan nuestra experiencia. Temas que veremos más adelante. También permite descubrir cómo la mente
puede ser entrenada mediante la atención conciente y la meditación, para disminuir el
sufrimiento y desarrollar mayor claridad mental y sabiduría.
Por
lo tanto, la filosofía de la mente constituye la base teórica para comprender
cómo se puede lograr la transformación interna de la persona, allanando
el camino para el análisis fenomenológico de la experiencia desarrollado en una
siguiente dimensión.
ESTADOS
MENTALES PERTURBADORES
(KLEŚAS).
El hecho de que permanezcamos en el
samsara tiene su explicación. Nuestra mente se ve perturbada por distintos
factores mentales que afectan nuestra percepción y nuestra manera de
relacionarnos con lo que experimentamos.
Entre otras cosas ello nos impide mantener la tranquilidad, los principios éticos y el ver la realidad de las fenómenos y situaciones que se dan.
Los principales perturbaciones son conocidas como los “venenos mentales”: el apego,
la aversión y la ignorancia. El apego surge cuando vemos algo como una
fuente de felicidad y lo deseamos. La aversión aparece cuando exageramos las
características negativas de aquello que percibimos y queremos rechazarlo. La
ignorancia consiste, en esencia, en no reconocer la verdadera naturaleza de los
fenómenos, aspecto relacionado con la diferencia entre la verdad convencional y
la verdad última.
De estas perturbaciones surgen también otras, como el orgullo, los celos, la
vanidad y la duda perturbadora. Estas afectan nuestra paz mental y de seguro pueden
convertirse en causas de nuestro sufrimiento. También dificultan el desarrollo de
virtudes como la paciencia, el cumplimiento de los principios éticos y la
generación de karma positivo. De esta manera, contribuyen a mantenernos dentro
del samsara.
Estas perturbaciones aparecen constantemente y afectan nuestra tranquilidad.
Muchas veces no sabemos reconocerlas ni controlarlas, por lo que terminamos
actuando bajo su influencia perturbadora.
La práctica de la meditación es lo único que puede ayudarnos a reconocer, reducir y
transformar estos estados mentales perturbadores. Dentro de la tradición
budista se habla de una clasificación de 51 factores mentales.
Al trabajar sobre ellos podemos desarrollar mayor paz y claridad mental, junto
con cualidades como la compasión y la sabiduría. De esta manera, podemos
disminuir las causas del sufrimiento y avanzar en el camino hacia la liberación
del samsara.
NIVELES DE CONCIENCIA.
El budismo Mahayana explica la
vida humana a partir de distintos niveles de conciencia. Estos niveles no deben
entenderse como entidades separadas, sino como diversas capas o funciones que
operan en conjunto. El modelo de las primeras ocho conciencias se vincula con
la escuela Yogācāra. Algunas corrientes posteriores incorporan una novena
asociada con la pureza esencial y la naturaleza de Buda.
Las primeras seis
conciencias.
Las primeras cinco conciencias corresponden a los cinco sentidos.
1.
La
conciencia visual percibe colores y formas (tamaño, brillo y contraste,
movimiento, ubicación).
2.
La
conciencia auditiva percibe sonidos.
3.
La
conciencia olfativa percibe olores.
4.
La
conciencia gustativa percibe sabores.
5.
La
conciencia corporal percibe sensaciones - por medio del tacto.
Estas conciencias permiten que el
mundo exterior entre en contacto con nuestra experiencia interior. Cada una
recoge información vinculada con un órgano sensorial y la transmite a la sexta
conciencia. La sexta conciencia es la
conciencia mental. Su función consiste en integrar, interpretar y
evaluar la información recibida por los sentidos. Gracias a ella podemos
reconocer objetos, formar pensamientos, recordar experiencias, imaginar
situaciones y tomar decisiones.
Por ejemplo, el ojo capta ciertas
formas, colores, tamaño de lo que vemos. El oído registra sonidos. La sexta
conciencia reúne estos datos y permite identificar aquello que percibimos. En
resumen, las primeras seis conciencias sostienen gran parte de nuestras
actividades cotidianas. A través de ellas observamos el entorno, analizamos lo
que sucede y respondemos ante cada situación.
La séptima conciencia.
En un nivel más profundo se
encuentra la séptima conciencia, llamada manas -vijñána.
Esta se relaciona con la construcción del ego y con la idea de poseer un
yo individual, fijo y separado de lo demás. La séptima conciencia no depende de
un estímulo exterior inmediato. Opera desde nuestra vida interior y se vincula
con los juicios, los valores, los conceptos y la interpretación que hacemos de
nosotros mismos.
En este nivel surgen el apego a la propia identidad, la arrogancia, la inseguridad, el egoísmo y suma de conflictos. También aparece la capacidad de reflexionar sobre nuestra conducta, distinguir entre acciones beneficiosas y perjudiciales, y decidir si queremos cambiar nuestros hábitos.
La séptima conciencia cumple una
función relevante en nuestra vida, nos da una gran visión pero puede llevarnos
a interpretar el mundo desde una visión limitada. Por tanto cuando nos aferramos
a la idea de un yo aislado, perdemos de vista la relación que existe
entre todos los seres y fenómenos.
La octava conciencia.
Bajo la séptima conciencia se
encuentra la octava, denominada ālaya-vijñāna.
El término ālaya puede
traducirse como almacén o receptáculo. Esta conciencia conserva las huellas
generadas por nuestras acciones, palabras y pensamientos. En la tradición
budista, estas huellas reciben el nombre de semillas kármicas.
Cada acción sea positiva o negativa deja una impresión que puede producir
efectos similares cuando se presentan las condiciones adecuadas, para que estas
semillas maduren. Este “almacén” conserva la energía de nuestro karma.
Las acciones constructivas,
como la compasión, el autocontrol y la no violencia, pueden generar efectos
beneficiosos. Las acciones destructivas, impulsadas por la ira, la ignorancia o
el apego, pueden causar sufrimiento para nosotros y para quienes nos rodean. La octava conciencia no debe entenderse como un depósito estático. No es
un estanque con arena o avena. Se trata de un flujo que recibe nuevas impresiones
y manifiesta sus efectos según las causas y condiciones que se presentan. Es
razonable concluir que los hábitos, las tendencias y las experiencias previas
influyen la forma en que percibimos y enfrentamos la realidad. Si bien pueden surgir efectos en
nuestras vidas, continuamente creamos nuevas causas que afectan el flujo
de la energía kármica.
Desde la perspectiva budista, las
primeras siete conciencias entran en un estado latente tras la muerte. La octava
conserva las semillas kármicas vinculadas con la continuidad de
la vida a través de los ciclos de nacimiento y muerte.
La “novena conciencia”.
Algunas tradiciones Mahayanas
explican la vida humana a partir de distintos niveles de conciencia. Las
primeras ocho conciencias se relacionan con el pensamiento Yogācāra. En
desarrollos posteriores, presentes también en enseñanzas vinculadas con el
budismo Vajrayana, se nomina una novena conciencia: amala-vijñāna; esta es la que
representa la pureza esencial de la mente o conciencia plenamente despierta y
se asocia con la naturaleza de Buda.
Esta se encuentra libre de todas las
impurezas kármicas acumuladas en la octava conciencia y representa la capacidad
de transformar incluso las tendencias negativas más enraizadas en positivas o
purificarlas.
Despertar esta conciencia permite
manifestar sabiduría, compasión, y una felicidad que no depende de las
circunstancias externas. La budeidad no es escapar de la realidad ni
negar las dificultades de la vida. Las enfrenta desde una condición interior que
es capaz de transformar el sufrimiento y generar valor para uno mismo y para
los demás.
Resumen.
Los distintos niveles de
conciencia operan de forma conjunta. Las primeras cinco conciencias recogen
información por medio de los sentidos. La sexta la interpreta. La séptima
construye la noción del yo. La octava conserva las huellas kármicas de nuestras
acciones. La novena representa la capacidad de revelar nuestra naturaleza de
Buda. Nuestra vida interior es muy
importante pues cada pensamiento, palabra y acción deja una huella en alaya.
Por ello, el cambio personal no depende solo de comprender una idea, sino de
cultivar hábitos que nos permitan actuar con mayor sabiduría y
compasión.
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