LA IMPERMANENCIA — Qué es y cómo nos afecta
La impermanencia es una enseñanza central del budismo y se relaciona con la Primera Noble Verdad. Para comprender mejor este tema, se recomienda leer antes la entrada sobre las Cuatro Nobles Verdades.
El budismo nos enseña que todo lo condicionado está sujeto al cambio. Nada permanece igual para siempre.
Las hojas caen de los árboles.
Las ideas aparecen y desaparecen.
No todos los días son iguales.
La lluvia comienza y luego se detiene.
Las estaciones llegan y se van.
El presente se convierte en pasado en cada instante.
También nuestros pensamientos, emociones y sensaciones cambian. Surgen, permanecen durante un tiempo y luego se transforman o desaparecen.
La impermanencia no significa que todas las cosas cambien al mismo ritmo. Un árbol puede vivir muchos años. Una roca puede mantenerse durante siglos. Un automóvil puede durar décadas. Sin embargo, ninguno de ellos es permanente. Cada fenómeno posee su propio proceso de transformación.
Nuestra vida también está marcada por la impermanencia. Nacemos, crecemos, envejecemos y morimos. El cuerpo cambia de forma constante. Muchas células se renuevan en períodos distintos según su función. Algunas duran pocos días, otras varios meses y otras pocas pueden permanecer durante gran parte de nuestra vida. No somos un organismo estático. Nuestro cuerpo atraviesa procesos de cambio durante toda la existencia.
Comprender la impermanencia no busca generar pesimismo. Por el contrario, nos ayuda a observar la realidad con mayor claridad.
Gran parte del sufrimiento surge cuando creemos que las cosas deberían permanecer como deseamos. Nos apegamos a una persona, a una etapa de la vida, a una situación agradable o a un objeto. Cuando aquello cambia, se deteriora o desaparece, sufrimos.
Sufrimos cuando se rompe algo que apreciamos.
Sufrimos cuando termina una etapa feliz.
Sufrimos cuando enfermamos.
Sufrimos cuando muere una mascota o una persona cercana.
Incluso podemos sufrir cuando finalizan las vacaciones.
El problema no está en que sintamos tristeza. La tristeza es una respuesta humana. El sufrimiento aumenta cuando rechazamos la naturaleza cambiante de la vida y deseamos que aquello que amamos permanezca intacto para siempre.
Sin embargo, la impermanencia no solo implica pérdida. También hace posible el crecimiento.
Si todo fuera permanente, no podríamos aprender.
No podríamos superar una dificultad.
No podríamos abandonar hábitos dañinos.
No podríamos sanar.
No podríamos avanzar por un camino espiritual.
No podríamos transformarnos en mejores personas.
La impermanencia también abre la puerta a la esperanza. Una emoción dolorosa puede cambiar. Un momento difícil puede terminar. Una persona puede aprender de sus errores. Una herida puede sanar. Una situación que parece insoportable no durará para siempre.
Por ello, comprender la impermanencia permite disminuir el apego y vivir con mayor serenidad. No se trata de dejar de amar, sino de amar sin aferrarnos. No se trata de rechazar la vida, sino de valorarla porque sabemos que cada instante es irrepetible.
Como enseña el Dhammapada: “Todas las cosas condicionadas son impermanentes”.
Esto significa que todo fenómeno que surge debido a causas y condiciones está sujeto al cambio. Nada aparece de forma aislada. Cada cosa depende de múltiples factores y, al cambiar esos factores, también cambia aquello que surgió a partir de ellos.
Una planta depende de una semilla, del agua, de la tierra, de la luz y del paso del tiempo.
Una relación depende del afecto, del cuidado, de la comunicación y de las circunstancias.
Una emoción depende de pensamientos, recuerdos, experiencias y condiciones del momento.
Los fenómenos no se explican por una única causa. Surgen a partir de una red de condiciones relacionadas entre sí. Esta comprensión se vincula con la originación dependiente. Todo lo condicionado surge debido a causas y condiciones y, por ello, está sujeto a transformación.
La impermanencia está frente a nuestros ojos durante todo el tiempo.
El día comienza y termina.
El cielo puede estar despejado y luego cubrirse de nubes.
Una emoción intensa puede disminuir.
Una idea puede cambiar.
Una etapa de la vida puede cerrarse para dar paso a otra.
Observar estos cambios nos ayuda a comprender que la vida no puede ser controlada por completo. También nos enseña a valorar el presente y a relacionarnos con nuestras experiencias de una forma más sabia.
Como expresó Milarepa: “Veo todo a mi alrededor como una enseñanza”.
La impermanencia puede convertirse en una maestra. Nos recuerda que cada experiencia posee un valor, que nada debe darse por garantizado y que siempre existe la posibilidad de aprender, cambiar y crecer.
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